En los cumpleaños las personas mayores llevaban sus cámaras y hacían unas fotos preciosas que después me enseñaban y me daba mucha envidia verlas, yo quería tener algo así, tener en mis manos esa caja mágica que permitía al fotógrafo meterse en un fantástico mundo nuevo pero mundo real capturado a través de los ojos de la persona que estaba mirando por esa cajita negra.
De repente en uno de mis cumpleaños me regalan una camarita, una cajita de esas pequeñas con la que podía hacer magia, era época de carrete, había que revelar en los laboratorios, en los estudios mismos de los fotografo de bodas en madrid, allí los veía metidos en su trabajo, y costaba caro. Por aquellos entonces mis padres no tenía mucho dinero para revelar fotografías y es en mi cumpleaños en junio cuando me regalan una camarita y empiezo a usarla con locura, ese día fue muy feliz para mi, me sirvió para hacer muchas fotos, fotos increíbles muy bonitas durante el verano, yo las veía así, ahora se verían com fotos feas o normales, para mi son increibles, aquellos veranos que pasaba en Benidorm era momento donde me podía estar comiendo un enorme helado me gustaban unas copas impresionantemente grandes y me gustaba fotografiarlas le pedí a alguien que me hiciera una foto mientras estaba comiéndome ese enorme helado. Helado de todos los colores y lado de chocolate con bola de fresa de vainilla de limón de turrón de Jijona de avellana, de moca, de café, probaba todos los helados y la tecnología de film me permitía capturar aquellos momentos increíbles, para mí duraban unos minutos pero ya eran para siempre, yo era un mini fotografo de bodas, luego me bañaba en la playa con mi hermana con aquellos manguitos y flotadores y aquella especie de corcho que nos ponían en la espalda en los años 80 atado a la a la cintura para que empezáramos aprender a nadar.
Aquellos momentos aquellos mojaduras, esas salpicaduras, esa alegría se capturaba con mi camarita de carrete, luego iba a la tienda de fotografía del fotografo de bodas en madrid, y lo revelaba en papel Kodak en 10×15 o 8×10, los resultados era unas fotos increíbles sonriendo yo casi siempre de alegría, no sabía nada de documentalismo pero capturaba fotos naturales mirando la cámara, son mi pasado, son mi historia, ahora son las fotos más valiosas que tengo de pequeño.
Durante muchos años fue así, yo era el pequeño fotógrafo de la familia aquel que quería parecerse a ese fotografo de bodas de la iglesia, quería ser ese especialista que actuaba por instinto con total seguridad con total pasión con total deseo que será el mini fotógrafo que viene dentro de mi, todo aquello era carrete era cuestión de paciencia, acertar, e ir revelando, y era caro para mi familia, por lo tanto yo siempre hacía pocas fotos, hacia clic sobre los momentos más valiosos, lo importante era congelar aquel momento, la cámara daba igual, la marca daba igual, todo giraba en torno aquel momento.
Siempre que iba a casa de algún familiar en verano y se había casado me enseñaba sus fotos de boda si eran mayores también me enseñaban sus fotos de boda, si era mis abuelos también me las enseñaban, las veía por todas partes, al parecer aquello era bastante importante para ellos. Así es como fui metiéndome en la cultura de que aquello era importante para todo el mundo y que era algo muy bonito que sólo pasaba un día y el recuerdo estaba después solamente en aquellos recuadros de papel con las imágenes de las personas con las emociones del momentos. El fotografo de bodas había dejado el recuerdo de toda esta gente.
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